El huevo. Albino Hernández Pentón

Les deseamos un feliz 2016 a todos los lectores de Korad. Les regalamos, a modo de adelanto, otro de los cuentos que recibieron mención en el concurso Oscar Hurtado 2015 y que aparecerán en el próximo número de Korad.

Los editores

El Huevo

Albino Hernández Pentón

Anette Hardy.El huevo2a

Cuando entré esa mañana al cuarto, Martha, de rodillas en el borde de la cama, contemplaba el milagro oval, blanco y perfecto. El pelo desarreglado le caía con languidez sobre los hombros y la brumosa luz del día le ensombrecía el rostro. Otra mujer, en esa situación, se habría puesto a gritar y a hacer aspavientos, pero la histeria no forma parte de sus defectos. —¿Puedes decirme qué es esto? —señalé a la pesadilla. No había rastros de sangre, ni restos de tejido. No me miró. —Un huevo. ¿No lo ves? La respuesta me tomó por sorpresa. En otras circunstancias quizá habríamos discutido. Pero una noche durmiendo en un sofá es suficiente para ablandar a cualquiera. —Eso lo sé —estúpida—, mi amor. La pregunta es ¿De dónde salió? Martha alzó la cabeza con lentitud y sus ojos verdes me observaron. Había paz en ellos, en su voz no. —De mi vagina. Listilla, pensé. Pero de inmediato me percaté de que yo había enunciado mal la pregunta, en dos ocasiones. —Es que esto…esto es absurdo —dije. Martha movió la cabeza de un lado a otro como si le pendiera de un hilo. —Absurdo —repitió—, ha sido tu comportamiento desde hace una semana. —¿Y cómo le llamas a poner como una gallina? —Absurdo es dejar el trabajo por puro orgullo en la situación en que estamos. Caminé hasta la ventana y observé la ciudad tras el fino palio de niebla. Lima la horrible, un cuadro dominado por un muro de montañas contra un cielo mustio. Un cielo que era una invitación al suicidio. —¿Qué haces? —preguntó Martha. No volví la cabeza. Sentí el sonido de sus pies al chocar contra el suelo, y luego el sordo rumor de sus pasos en la alfombra de liquidación. Cada vez más cerca. —Nada. Se colocó tras mi espalda, sus brazos rodeándome el cuello. Se alzó en puntillas y beso mi mejilla derecha. Me sentí como un niño y por un momento negarme. Martha pareció notarlo e hizo ademán de retirarse. La sujeté por las muñecas, su pulso latía acelerado. —No, por favor. Quédate así. Ahora la ciudad era una película húmeda, un fantasma gris que se reía de nosotros. Después de cruentos debates decidimos que lo mejor era llevarle el huevo a mi primo que es médico. Le sugerí que debería acompañarme, pero se negó. No podía darse el lujo de faltar al trabajo.   A diferencia de la calle, la sala de espera de la clínica era acogedora y silenciosa. Había poca gente, la mayoría ancianos vestidos con elegancia que conversaban en voz muy baja o se entretenían con revistas de portadas llamativas. Me dirigí a la recepcionista. —Buenos días señor, ¿en qué lo puedo servir? —Soy el señor Weiss. Alberto Weiss. Me miró con un ligero desconcierto, como si le sonara a broma. Debo reconocer que mi traje y color de piel no conjugaban con el apellido. —¿Perdón? —dijo. —Weiss como los banqueros, pero sin la plata —intenté bromear. —¿Tiene cita señor…Weiss? Era evidente que a mi primo se le había olvidado avisar de mi llegada. —Sí, con el doctor Pioquinto —mentí. —Un momento, por favor. Revisó la pantalla. Plana, de veintiún pulgadas. —Lo siento. No aparece en… —¡Alberto! —un palmeo en la espalda. Era mi primo. Nos dimos un abrazo y luego me separé unos pasos para poder verlo mejor. Alto, frente amplia, pelo entrecano, ojos de un negro profundo. Un traje de ochocientos dólares y su sonrisa permanente. José no se cansa de repetir que la sonrisa es la tarjeta de triunfo en cualquier empresa. Después de muchos años de discusiones y de llamarlo hipócrita, tengo que aceptar mi derrota. A él le ha ido bien, a mí no. —Hola ¿cómo te va? —saludé. —Bien. Disculpa, se me hizo un poco tarde. El tráfico está de madre. La oficina de José era amplia, iluminada y olía a bosque en primavera. Varios cuadros, de pintores que no conocía, cubrían las paredes pintadas de un suave color pastel. El escritorio, al centro, parecía un estadio. En una de las esquinas un sofá de tres piezas, italiano deduje, armonizaba con las paredes y el suelo de madera. El valor de una sonrisa. —Esto no parece una oficina —comenté. Me sonrió como un lobo acostumbrado a comerse a las caperucitas del bosque. —Cuéntame. No entendí mucho de lo que dijiste por teléfono. Le conté a José la historia de principio a fin. —A ver, muéstrame ese huevo. Demoré algo en extraerlo del envoltorio. Lo hice con cuidado, no quería que se me fuera a caer o algo por el estilo. Se lo alcancé y lo hizo girar en sus manos, como un pitcher preparándose para un lanzamiento. —Si no contiene un embrión, al menos te dará para una buena tortilla. No le reí la gracia. —Y, ¿cómo se siente Martha? —dijo, mientras sopesaba el huevo. —Dice que bien, aunque lo dudo. Sus ojos me dijeron: “yo también”. Estuvimos alrededor de veinte minutos en el departamento de Radiología. —Nada —se rindió José—. Es blindado. Los rayos X no le entran. —¿Entonces? —Tendremos que consultar a un especialista… —Ni loco. —…a menos que quieras romperlo y ver lo que hay dentro. Mira, tengo un amigo que estudió medicina veterinaria, tiene una granja en las afueras de Lima. Me lo pensé. No era mala idea, pero en ese momento, por primera vez, sentí miedo. —¿Es de confianza? —El tipo es una tumba. —Las tumbas se abren. —Te digo que puedes confiar en él. —Voy a conversarlo con Martha. El camino de regreso me tomó menos tiempo. Durante todo el trayecto volví la cabeza en varias ocasiones para comprobar que el huevo no hubiera sufrido daño. Lo único que me faltó fue ponerle el cinturón de seguridad. Al llegar a la casa, lo coloqué en un lugar blando y protegido y lo tapé con una frazada. Una vez terminadas mis funciones de gallina clueca, me senté frente a la computadora, y coloqué en el buscador de Google la palabra clave: Huevo. La búsqueda arrojó 2 920 000entradas. Seis horas después había leído montañas de información referente al crecimiento embrionario y me enteré de que, en las primeras etapas del desarrollo, las diferencias entre un embrión humano y el de otros animales son insignificantes. Eso me permitió entender por qué hay gente en el mundo con cara de perro o que se comportan como ratas. Martha llegó alrededor de las siete de la noche. Lo primero que hizo fue preguntarme por el huevo. —¿Dónde está? —dijo, con la ansiedad de un drogadicto que ha pasado una semana sin su dosis. —En el cuarto, envuelto en la frazada lila. Al lado de la mesita de noche. Se dio la vuelta sin decir ni esta boca es mía y pronto escuché el taconeo de su calzado en los escalones. Pasaron unos veinte minutos sin noticias de Martha. Ni un solo ruido; era extraño. Vivimos en una casa antigua de dos plantas en la que los sonidos reverberan: el paso del aire por las viejas tuberías, el crujido de la madera, y otros de naturaleza incierta. Sin embargo, el silencio pesaba sobre la casa como una presencia. Lo achaqué a mi imaginación. Al salir de la biblioteca resbalé con el felpudo. —Mierda —mascullé. Subí las escaleras. Martha ni siquiera se percató de mi llegada. En aquella habitación, yo era un fantasma invitado a contemplar a la virgen arrullando a su pequeño hijo. La luz del foco ahorrador, a sus espaldas, le confería al cuadro una cualidad idílica. La fantasía masturbatoria de un extremista religioso hecha realidad. —Estuve a punto de matarme —dije. Sus ojos dejaron de mirar el óvalo envuelto por las sombras de su cuerpo y me observaron. Había amor en ellos, un amor que nunca me habían dedicado a mí. —¿Cuándo vas a quitar esa alfombra de allá abajo? —pregunté. —Nunca. —Un día de estos uno de los dos se va a romper un hueso por ese capricho tuyo. Bótala. —Ni lo sueñes. — Regálasela a alguien. —Trae mala suerte. Es un recuerdo de la tía Pito. —Murió hace veinte años, no creo que se vaya a molestar. La mirada de sus ojos verdes me atravesó. Me senté a su lado y le pasé un brazo por los hombros. Ella continuó en lo suyo. En esa forma protectora con que las madres sostienen a sus hijos. Movía los labios como si estuviera cantándole una nana. Los ojos le brillaban. —¿Qué pasa mi amor? —nunca antes había repetido esa palabra tantas veces en una sola jornada. Debía ser cuidadoso. Martha se veía…sensible. —¿Qué crees que debemos hacer con él?  —preguntó como si mi opinión importara. Una tortilla para alimentar a los niños pobres. —José me sugirió que lo consultáramos con un especialista. —No me gusta esa idea. —Podríamos probar. No hay necesidad de contarle de donde salió el huevo. —Pueden hacerle daño —lo oprimió contra su cuerpo. —Es sólo un huevo. —No estoy muy segura de eso —hizo un mohín de disgusto. Su conducta se me antojo irracional, pero, después de todo, ¿no había reaccionado yo de la misma forma? ¿Quién había mirado el huevo durante todo el tiempo mientras volvía a casa? Nuestras reacciones se movían en el cauce del absurdo. ¿Qué había en el fondo? ¿Instinto? ¿La necesidad de perdurar aunque fuera en un huevo? Observé en derredor; dos proyectos de anciano condenados a la soledad. —José me pidió que le hicieras una visita. Quiere examinarte. —No soy una cobaya. Sabes cómo son los médicos. Lo que para uno es mortal a ellos les resulta interesante. Sólo quieren publicar y hacerse famosos contigo. —Aun así, pienso que sería lo correcto. —Sigue pensándolo. Sonreí. Esa rebeldía era una de las cualidades que me habían hecho amarla. No soporto a las mujeres que se pasan la eternidad: “sí papito”, “como no papito”. Son aburridas, insulsas. —Pongámoslo así… —No me vas a convencer. Te conozco. —De acuerdo, pero tienes que aceptar que no es normal poner un huevo. Debe haber algún problema en tu organismo —me sorprendió que me dejara dar semejante discurso sin interrumpirme. —¿Por qué insistes tanto con lo del chequeo? —arqueó una ceja. —A nuestra edad tenemos que asegurarnos. —Siempre hablas como si fueras un viejo desahuciado. ¡Tienes cincuenta y ocho años! Me reí un poco. En la forma en que lo dijo parecía que recién ayer yo había cumplido los veinte. Los chinos dicen que el hombre tiene la edad de la mujer que ama. En ese caso… —Tengo hambre —dije. —Mira que eres vago. Te dejé la comida lista. ¿Tanto trabajo te cuesta ponerla en el microondas? —No entiendo ese aparato. —Con apretar un botón es suficiente. Me marché, mientras descendía por las escaleras podía escuchar sus protestas. Las sintonicé en un canal muerto.   Transcurrió una semana antes de que visitáramos al amigo de José. Durante esos días la casa se transformó en un caos. Parecíamos dos padres ansiosos en espera del nacimiento de su hijo. Martha me contagió su entusiasmo, de tal forma, que cargué el huevo y un par de veces estuve a punto de mecerlo entre mis brazos y cantarle una canción de cuna. Como yo permanecía en casa, era el encargado de cambiarlo de posición dos o tres veces al día según las recomendaciones de los expertos. De esa manera el embrión no se pega a la cáscara. Al principio, me resistí; luego, poco a poco, fui cediendo a los impulsos de esa fantasía grotesca. Martha se veía feliz, parecía rejuvenecida. Tuvimos sexo cinco de los siete días de esa semana y pensé seriamente que tendría que visitar la farmacia en busca de la droga verde y prodigiosa. Nos unimos en una intensa búsqueda por Internet de todo material relacionado con la conservación de un embrión. En las plantas de incubación ponían a los huevos bajo condiciones especiales de temperatura y humedad. Aun así un número elevado de embriones moría por diferentes causas. El éxito dependía de factores genéticos, la calidad y el grosor de la cáscara, la alimentación, el estado físico y el grado de estrés a que se veían sometidos los reproductores. En fin, sí Martha y yo éramos los padres nuestro pichón tenía poco chance de sobrevivir. Indagamos en los diferentes mercados el costo de una incubadora. Veintiséis mil dólares fue el precio más económico. Martha se desesperó. Logré convencerla de que aún no habíamos perdido la batalla. Las gallinas no sabían nada de controles ambientales y eran capaces de llevar adelante a su prole. Podíamos intentarlo, debíamos sustituir a la naturaleza. De todas maneras, construí una especie de caja de paredes acolchadas a las que conecté un foco que producía una temperatura de 37,5 grados Celsius. En Lima se respira agua, de modo que la cuestión de la humedad la solucioné con un Humidistat B36 que conseguí en Azangaro. Es curioso cómo el conocimiento se relaciona con la infelicidad. Martha y yo revisamos todo lo concerniente a las causas de muerte en los embriones de pollo y ese conocimiento la aterró hasta el punto de que aceptó visitar al amigo de José. Esa noche cuando ya iba a apagar la luz me dijo: —Tengo miedo. —Yo también —dije para reconfortarla. Cuando se sufre en compañía duele menos. —Es tan pequeño. —Ya es visible a simple vista; claro si pudiéramos verlo. —Te pareceré tonta. —No, mi amor. —Si alguien nos viera o nos oyera pensaría que somos un par de viejos estúpidos y frustrados. —¿Qué importa? La gente busca siempre una justificación para burlarse de los demás. No le hacemos daño a nadie. —¿De verdad lo crees? La atraje hacia mí. Antes, ella solía poner su cabeza sobre mi pecho. Decía que le brindaba seguridad. —Estoy seguro. —¿Se preocuparán tanto los padres cuando van a tener un bebé? —Imagínate. —Debe ser terrible ver tu vientre crecer y no saber si el niño será sano. No sé. Pueden pasar tantas cosas. Recordé un párrafo en particular. Entre los días cinco y diecisiete de gestación se producen cambios importantes, el riñón definitivo comienza a funcionar y hasta un veinte por ciento de los embriones mueren en esa etapa. —Hemos hecho todo lo que está en nuestras manos —dije. Suspiró. No le podía ver los ojos, pero de alguna forma supe que lloraba. La nota quebrada de su voz me lo confirmó. —Creo que debemos ir a ver al amigo de tu primo. —Me parece una excelente idea. Mañana llamaré a José. —¿No se te va a olvidar? —Descuida. A primera hora lo hago. —Quiero verlo. —Ya te dije que maña… —No; a él. —Vamos. Te acompaño. Fuimos a ver a nuestro tesoro.   La visita a la granja avícola fue un completo desastre. Lo interesante es que el que tenía miedo en esta ocasión era yo. ¿Por qué? No podría decirlo. Lo cierto es que intenté disuadir a Martha de cancelar el viaje. —¿Te vas a echar para atrás? —me miró. —Bueno…yo. —De acuerdo. Si no quieres acompañarme, iré sola. —No —dije—. Tomaré un calmante. Ya me las arreglaré. Tardamos una extenuante media hora en alcanzar la carretera de enlace con la Panamericana Sur. A medida que nos movíamos en dirección a la periferia el paisaje se hacía cada vez más desolador. Si los árboles son el pulmón de la ciudad, Lima es una ciudad tuberculosa. Veinte minutos de polvo después alcanzamos nuestro objetivo: una serie de hangares de aluminio colocados sobre una árida extensión de tierra color arena, con un cartel a la entrada que decía: Somos el Futuro. Bienvenidos. Avícola El Paraíso. El lugar me hizo evocar a un destartalado campo de aterrizaje de la segunda guerra  mundial.  El  guardián,  que  abandonó  la  minúscula  garita  en  cuanto nuestro auto se detuvo delante del portón de entrada, acrecentó mi impresión. Se inclinó junto a mi ventanilla. —Buenos días —dijo—. ¿Qué se les ofrece? —Venimos a ver al doctor Huaman. Soy el señor Weiss. —Espere un momento, por favor. Fue hasta la caseta e hizo una llamada. Después de unos segundos, asintió con la cabeza, colgó el teléfono, me hizo señas con la mano y abrió el portón. Puse primera y entramos. Un hombre alto para la media agitaba la mano frente a uno de los hangares situados a mi derecha. Aparqué el auto y bajamos. El “doctor” se acercó. José me había dicho que eran compañeros de promoción. —¿Lo trajeron? —Por supuesto —dije. Abrí el maletero y saqué a nuestro tesoro, oculto en la pseudo incubadora. —¿La construyó usted mismo? Con esa perspicacia debe haber tenido mucho éxito con las mujeres, pensé. Si era soltero no era su culpa. Otra sacudida de cabeza por mi parte. —Hace frío ¿Entramos? —invitó. —Gracias. Adentro la temperatura era agradable. Atravesamos varias estancias, separadas entre sí por tabiques, atestadas de jaulas metálicas color aluminio y otros aparatos. Martha caminaba a mi lado en silencio. Torcimos a la izquierda y nos detuvimos frente a una puerta de metal niquelado. —Pasen —dijo haciendo girar el picaporte—. Espero que no les moleste el desorden. Yo dije que no y era verdad, Martha me apoyó. Mentirosa, lo odia. —Las damas primero —sonreí. —Payaso —me dijo Martha entre labios. El doctor Huaman quitó unos libros y revistas de un pequeño sofá. —Tomen asiento, por favor. —Gracias —dijo Martha. —Bien, veamos ese portento. —dijo Huaman, se colocó un par de guantes de látex y examinó el huevo a trasluz. Luego nos miró, primero a mí, luego a Martha. —¿Dónde lo encontraron? —En el patio de la casa —aseguró Martha con la proverbial entereza que exhiben las mujeres al mentir—. ¿Por qué? —Este huevo no es de gallina —afirmó. —Entonces, ¿de qué? —me adelanté a Martha cuya expresión decía lo mismo. —Todavía no lo sé. Si desean puedo hacer la ovoscopía y ver que hay adentro. Martha y yo nos miramos. —¿No tiene idea a qué especie pertenece? —inquirí. —Es muy grande para ser de reptil. Los peces están descontados. No conozco ningún pájaro capaz de poner semejante huevo. Si obviamos al avestruz, al emú y al ñandú, no quedan otras opciones. Si, pensé, el tipo es un experto de los huevos. —¿Hacemos el procedimiento? —La ovoscopía esa ¿no le podría hacer daño? —preguntó Martha. —Es tan segura como una ecografía —afirmó Huaman. Luego nos miró. Al ver que no respondíamos: —Voy a buscar el Ovo mientras toman una decisión. Permiso. Durante los dos o tres minutos que tardó en regresar, Martha y yo conferenciamos, discutimos y nos pusimos de acuerdo. Al entrar el doctor se aclaró la garganta. Traía un maletín en la mano derecha y algo que parecía un arma del futuro en la izquierda. —¿Qué decidieron? —preguntó. —Proceda —dijo Martha. —¿Podemos ver? —pregunté. —¡Por supuesto! Acérquense. Nos dio la espalda y se inclinó sobre la mesa. Martha y yo nos colocamos uno a cada lado. —Vean esto —dijo con orgullo, mostrándonos el aparato—. Es un prototipo. Revolucionará el mundo de la avicultura. Martha y yo cruzamos miradas a su espalda. —Disculpe doctor. ¿Tiene un baño? —preguntó Martha, de repente. —¿Ve esa puerta de ahí? Bonito momento para antojarse, pensé. Si hubiera tenido problemas de la próstata como yo la habría entendido. ¿No podía aguantarse? —Gracias —dijo Martha. Nos mantuvimos callados hasta que el baño se tragó a mi mujer y luego Huaman continuó su conferencia a teatro lleno. —Este aparato es diferente a todo cuanto se ha inventado —dijo—. Utiliza un sistema parecido al de un ultrasonido acoplado a un programa virtual en tres dimensiones. —Y eso ¿qué utilidad tiene? —pregunté, sin pensar que iba a darle más cuerda. Me miró como si yo fuera un ignorante, y lo era. Luego su mirada se suavizó. —Puedo ver las imágenes del embrión en tiempo real. La embriodiagnosis dará un salto cualitativo… bla, bla, bla. Dije que sí con la cabeza durante todo el discurso. No entendí ni la mitad. —Veamos… El ruido de descarga del inodoro lo interrumpió. Un poco después Martha se nos unió. —Continúe, doctor —dijo Martha. Huaman terminó de conectar un tubo largo parecido a una manguera en una de las terminales del laptop y la pantalla de este se coloreó de azul. Apretó varias teclas en secuencia y esperó unos segundos. Luego colocó la parte más ancha de la manguera sobre el huevo. Se escuchó un ligero zumbido y Martha dio un pequeño salto. Yo me aferré al respaldar de una de las sillas. La pantalla cambió de azul a rojo  y algo se movió entre sombras tras la cáscara. —Ya te tenemos —dijo para sí el doctor Huaman. Oprimió otra tecla y la imagen se amplificó. Entonces vimos. —¡Mierda! —exclamó Huaman, mientras retrocedía. —Virgen Santa —dijo Martha y, por primera vez en la vida, la vi persignarse.  Yo me mantuve en silencio viendo aquello que crecía en la pantalla. Huaman congeló la imagen. —Esto es increíble —dijo, había una nota punzante de miedo en su garganta. Martha  se dejó caer en una silla.  Mis  nudillos  se tornaron  blancos por  la presión. —¿De dónde sacaron ese huevo? —dijo y nos miró. —Ya  le  conté  —comenzó  a  decir  Martha  y,  de  pronto,  su  voz  se  apagó. Comenzó a llorar en silencio. Miré a Huaman y este retrocedió un paso, dos. —Nos vamos —dije y cogí el huevo. —No pueden irse… —Qué ¿no los va a impedir? El tono de mi voz decía: ¿usted y cuántos más? —Tendré que reportarlo. —Haga lo que se le venga en gana. Vámonos, Martha. El doctor Huaman se interpuso entre nosotros y la salida. Me preparé para golpearlo con toda la fuerza de que me creía capaz. En ese momento llamaron a la puerta. Huaman me miró, luego a la puerta y vuelta a mí. Los golpes se repitieron insistentes. Quienquiera que fuese parecía apurado. —¡Va! —dijo Huaman. Abrió. Un hombre robusto y de ojos hundidos, vestido con guardapolvos, apareció en el umbral. —Doctor, tiene que venir a ver esto —tenía el rostro congestionado y sudoroso. Su frente era un mapa de arrugas—. Es urgente, las aves han enloquecido. —¿Qué? —Han comenzado a matarse entre ellas —dijo el hombre. Huaman salió dando un portazo y sentí un clic. —Hijo de puta —dije entre dientes y corrí hacia la puerta. Me sujeté al picaporte y lo zarandeé. Comenzaba a sudar por el esfuerzo cuando sentí un toque a mis espaldas. Cuando giré los ojos verdes de Martha me miraban sin rastro de llanto y con una chispa burlona en ellos. Me tomó de la mano. —Ven —dijo y tiró de mí. Abrió la puerta del baño y entonces vi la ventana abierta. La libertad, pensé. Todas las mujeres del mundo deberían tener próstata. Conduje el auto como un demonio que quiere escapar del cielo. Me comí un par de rojas. Fue una suerte que ningún patrullero nos detuviera, llegamos a la casa sin problemas. Martha permaneció en silencio todo el tiempo, con el huevo en su regazo, apretándolo contra sí como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo. —¿No crees que estamos haciendo lo correcto? —preguntó, al fin. —No lo sé. —¡Es nuestro hijo! —¿Te has vuelto loca? —No grites. Una cosa era oponerme a alguien que quería arrebatarnos lo nuestro y otra aceptar que lo que vivía en el interior del huevo era mi hijo. —Vamos a tener problemas —dije con suavidad. —Nadie le creerá. —Parece mentira que en tantos años no conozcas a la gente. —Nadie lo sabrá. —Seguro —dije. La ironía es el refugio de los desesperados. —Ríete lo que quieras. Estoy convencida de que va a ser así. —Piensa, mi amor. En cuanto el Huaman ese tenga una oportunidad se nos echará encima. No va a perderse sus quince minutos de fama. —No los tendrá. Créeme, no va a pasar nada. —No sé de dónde te viene esa seguridad. —Tendrías que ser mujer para entenderlo. —No, gracias. Se alzó en su metro sesenta. —¿Tienes algo en contra de las mujeres? Le dí el esquinazo. Las dos semanas siguientes las pasamos en ascuas. Martha pidió una licencia y se quedó en casa. Ahora no me permitía acercarme al huevo. Tenía miedo, ¿cómo no tenerlo? Cada vez que tocaban a la puerta nos mirábamos aterrados y corríamos a escondernos en espera de que un ejército de científicos y gente del gobierno invadiera nuestra casa. El viernes, a pocas horas de que el huevo eclosionara, sonó el teléfono. Martha escribía algo en un diario que se había empeñado en llevar y yo leía un libro. El huevo yacía en un cesto de mimbre junto a ella. Después de lo que habíamos visto nos despreocupamos de las condiciones ambientales. No tenía importancia. —Voy a contestar —dije. —No lo hagas. —No podemos seguir así. Me levanté y sentí su mirada clavada en la nuca. Cogí el móvil y pulsé el botón de entrada. Era José. Lo despaché lo más pronto que pude. Le conté a Martha. —¿Qué quería ese? —Saber de nosotros. —Y, ¿a santo de qué tanta preocupación? —Huaman murió —dije al fin. Martha sonrió; sus ojos brillaron con malignidad. Sentí un escalofrío. —Se lo merece. —¡Martha! Abandonó su diario, se acercó al huevo y lo acarició con lentitud. —¿Qué le ocurrió? —José no sabe los detalles. Me contó que en la granja se formó un lío de madre. Todos los reproductores murieron. Se arruinó. Parece que no lo pudo resistir. La noticia salió en el periódico. —¿Algún comentario sobre nosotros? —Nada. —Te lo dije. —Y tú, ¿cómo lo supiste? Movió su cabeza en dirección al huevo —Él me lo dijo —Eso es estúpido. —Sí, lo mismo que casarme contigo. Me encerré en la biblioteca con la firme promesa de quedarme allí hasta podrirme. Me había comenzado a dormir frente a la pantalla de la computadora cuando tocaron a la puerta. —¿Puedo pasar? —la voz de Martha llegó débil a través de la madera. No dije ni sí ni no y la puerta se abrió. El huevo brillaba entre las manos pálidas de Martha. Su cáscara, ahora translucida, tenía el aspecto de un granate de color púrpura. Un sinfín de hilillos azules lo recorrían en tortuosos caminos que dibujaban formas caprichosas. Dicen que el amor no necesita de perdones; el matrimonio es otra cosa. —Perdona —dijo Martha y colocó el huevo sobre el escritorio, con delicadeza. Permanecí impertérrito. Ella avanzó, se sentó sobre el apoyabrazos y la madera crujió. Yo era el cebo de  una  antigua  vela  y  ella  el  fuego.  Me  besó  en  la  mejilla,  mis  manos permanecieron firmes aferradas a las rodillas. Retroceder nunca, rendirse jamás. Volvió  a besarme, mis manos no me obedecieron y la acariciaron. Estuvimos así, por un espacio de tiempo indeterminado, arrullándonos como palomas en primavera. Dos palomas viejas con un huevo gigante y sin nido. —Estoy muy ansiosa. —Te entiendo, yo también lo estoy. Por unos segundos me miró como si no me creyera, pero continúo abrazándome. —¿Me vas a acompañar? —Ya hemos hablado de esto. —Te necesito. No puedo hacerlo sola. —Martha… —Anda, vamos, no seas malito. —Es una locura —dije. Uno de los dos tenía que mantenerse racional. Se deshizo de mi abrazo. —Haz lo que quieras. Se incorporó, cogió el huevo y salió como una centella. La seguí, ella subía las escaleras cuando crucé el umbral de la puerta. —Martha —grité. Ella se volvió con brusquedad y…escuché algo parecido a un crujido. Martha gritó mientras su cuerpo se inclinaba y sus brazos se abrían. El grito se me antojo infinito. Ella cayó y el huevo voló por el aire. Martha… o el huevo. Me lancé como un portero desesperado que no quiere que le anoten el gol de la victoria. Creí tocar algo con mis manos en el justo momento que mis costillas chocaron contra el suelo. El aire se vació de mis pulmones y quedé tendido a todo lo largo. La oscuridad flotó en derredor. Una forma vaga en el aire parecía oscilar. Logré enfocar la mirada. El rostro asustado de Martha. —Mi amor, ¿estás bien? —De campeonato —me semiincorporé—. Ay. —Eres mi héroe —me besó con el ímpetu de una colegiala. —Valiente héroe. —¿Te acuerdas que te dije que regalar las cosas traía mala suerte? No me acordaba, pero si ella lo decía. Seguí su mirada. Un milagro. El huevo, descansaba incólume, sobre el felpudo a la entrada de la biblioteca. El ascenso fue penoso, algo así como escalar el Annapurna. Martha se había empecinado en que el huevo debía eclosionar en el lugar más alto de la casa. —No lo sé. Pero estoy segura de que tiene que ser así. Es curioso, yo también sentía lo mismo. Al llegar al cuarto me dejé caer en la cama. —No puedes estar ahí. —Es mi cama, ¿no? —Ahora es de él. Mascullé por lo bajo, y me levanté. Martha no pareció escucharme. —¡Se  mueve!  —exclamó  y  tuve  una  sensación  extraña,  como  si  algo  me pateara el vientre. Martha me miró, sorprendida —¿Tú también lo sientes? —No —negué. Martha sonrió, astuta. Avanzó y dejó el huevo en el centro de la cama. Luego volvió sobre sus pasos hasta colocarse a mi altura. —Apaga la luz —dijo. —¿Otra premonición? —Cariño… La obedecí. Quedamos en penumbras. Un caprichoso rayo de luna creaba una sombra circular en derredor del huevo. Se escuchó un crujido y mi corazón dio un salto. Y otro y otro y otro. Martha y yo nos tomamos de la mano.   Albino Hernández Pentón (La Habana, 1958) es médico especialista en Medicina Interna y radica en Perú desde hace más de una década. Es miembro de Coyllur, Sociedad Peruana de CFTF, y participó activamente en los talleres de creación narrativa Taller 7 CCF (Argentina) y Forjadores (Venezuela) dirigidos por Sergio Gaut vel Hartman y Susana Sussman, respectivamente. Tiene cuentos publicados en los e-zines Velero 25 y Axxón. Su relato Tiempo fue uno de los seleccionados para la Antología Visiones 2006 que edita la asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror. Su cuento Tres veces más pequeño fue incluido en la Antología Ciencia Ricción de cuentos humorísticos de ciencia ficción (Gente Nueva 2014).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *